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  • Pinchazos de sal

    Su mirada permanecía intacta, aplacada por el miedo, como siempre.
    Era difícil imaginarse tantas cosas...Pero aún era más difícil creer en todo lo que nos rodea, en las sensaciones intrigantes que recorren nuestro cuerpo convertidas en un leve y acelerado cosquilleo. Creer para volver a retractarnos dejando todo lo extraño y horripilante a un lado.
    Hay dos caminos; sobrevivir creyendo o huir sin creer en nada.
    Él estaba confuso, pensando en que sería de todos nosotros dentro de un tiempo, cuando el mundo ya no fuera mundo y el cielo nos amenazase con derretirse sobre nosotros.
    Sentía un dolor punzante en los dedos de las manos, como si en cualquier momento pudiera llegar a dejar de sentir. Era extraño pero cierto, como tantas y tantas cosas...

    Acudía a la playa más cercana la mayor parte de los días para envolverse con la frescura del espumoso mar y olvidar aquel confuso dolor.
    Solía sentarse en la orilla y arrastrar sus dedos por la fina y mojada arena, hasta que las olas del mar rompían frente a él y todo se mojaba; alma y cuerpo, cuerpo y alma.
    Solo, seguía intentando descifrar el final del horizonte, aquella larga y fina línea que separaba lo más bello; el mar y el cielo.
    Era un chico delgado y pálido, con ojos de un gris azulado –como la espuma del mar-.
    No le gustaba hablar con nadie. No le gustaba tener que soportar el ruido de la gente en las calles, hablando y hablando de los demás, apostándose la dignidad unos a otros, gritando frases estúpidas que no servían de nada a nadie...
    ¡Ruido! ¡ruido! -aún así, prefería el ruido de la soledad-.
    Pero cada día que pasaba se acentuaba más ese dolor retorcido y cobarde.

    La primera vez que sintió algo así fue cuando, tumbado sobre una roca tan agrietada y lisa que superaba a la contradicción (cosas de la insólita naturaleza) descubrió unos metros a su lado una gran concha de colores dorados salpicada con manchas rosadas iluminadas por el sol y, justamente enfrente, una pequeña niña de largos cabellos y profundos ojos, adentrándose por el rocoso camino para llegar a esa concha que parecía mirarla apoderándose de su ser. La pequeña andaba y andaba, agarrándose como podía para no mojarse su largo vestido con la sal del mar. De repente, él la miró a los ojos, y la niña, exhausta, se sonrojó a la vez que tropezaba con el pico de una encrespada roca negra. Entonces, él la agarró cogiéndola de las manos y sintió como un terrible dolor se apoderaba de él, como si algo fuera mal, como si se acercarse reptando sobre ella una sensación fría y oscura...como si a la niña se la comiese el mar, viajando encima de esa enorme concha dorada hacia otro mundo, hacia la muerte.
    Sus manos suaves eran como la voz de aquella sonriente niña, se ahogaba de pie frente a él, erguida sobre la roca contradictoria, frente a frente. Y las manos de la pequeña le pedían ayuda; sólo ellas, gritando como si miles de espinas se clavasen en las yagas de sus dedos.
    Era ese dolor punzante y agonizante en mis dedos lo que me decía que la pequeña moriría engullida por el oleaje de aquella mañana.
    Él seguía sujetando sus manos hasta que un fuerte pinchazo hizo que el cuerpo de la pequeña se derrumbase sobre la gran concha dorada.
    ¿Por qué? La niña estaba bien, sonreía al mirarle hasta que, de repente, su mirada perdió intensidad y sus párpados se cerraron lentamente hasta que su corazón dejó de latir...una simple tentación, un simple roce de dedos...la había matado.

    Era un don maldito el de predecir la muerte, pero después de sentir como se partía en dos al ver a esa pequeña arrastrada por las olas sobre su gran deseo, sobre su gran concha; pensó que sólo podía ser un “don”; tal vez para excusarse y sobrevivir.

    Desde aquella mañana sentía ese dolor en los dedos de las manos, le asustaba porque le había pasado con más gente, pero solo al contactar sus manos con las de alguien que estuviera al borde de la muerte. Pero ahora...ahora era todo distinto, le dolía a todas horas y era imposible deshacerse del dolor.
    Prefería no pensar y seguir caminando sobre su ignorancia.
    Después de un tiempo, fue a la playa como cada día y se sentó sobre la orilla para que el mar le mojase lentamente los pies y las piernas. Aquel día si que era fuerte el dolor, se acentuaba sobre él algo extraño, algo que le consumía por dentro.
    Estaba mirando a la lejanía del cielo, observando como las nubes se enredaban sobre él.
    Arrastró sus pequeños dedos sobre la arena, despacio, como siempre.
    Y se dio cuenta de que no sentía nada, de que no existía ahora ninguna sensación sobre sus yagas, ni fría ni húmeda, ni seca ni cálida...nada.
    El mal se adentraba, y atacó ahora a sus piernas, esa sensación subía por todo su cuerpo...hasta que dejó de sentir.
    Sabía que iba a morir, y aquel mal extraño ahora llegaba a su fin, parecía que miles de manos apretaran contra su cuello y sus ojos se perdieran nublándose el cielo.
    Era como si aquellas nubes se le cayeran encima y no pudiera hacer nada porque no era nada, no era nada sin sentir...
    La brisa del día le azotaba la cabeza y sus ojos se cerraban para no volver a abrirse; era el principio del final.
    El dolor estaba por todo su cuerpo, allí, tendido en la arena, sobre espuma y sal, sobre dolor y muerte.

    09.10.06

  • Háblame

    Háblame de la verdad
    que sostienes
    en tu mirada.

    Háblame de largas historias
    que se tienden la mano
    y se miran.

    Háblame de ti.
    No calles.
    No huyas.

    Háblame de sueños inflados
    de deseo.

    Háblame de paz utópica
    enhebrada en tus venas.

    Háblame de rencor
    mezclado con odio.

    Y venganza de la que muerde
    y mata.

    Háblame
    del romanticismo.

    Y de lo más alto.

    Háblame de lo bueno en lo malo
    y de lo malo en lo bueno.

    Háblame de todo
    y de nada.

    Háblame con la mirada
    con tus ojos en mis ojos.

    Háblame como si fuera el último día.

    Pero, por favor, háblame sin que me duela.

    16.07.06

  • Versos cortos

    Versos cortos,
    que se derriten
    en espiral.

    Tan poco se...

    Tus manos son débiles
    y el tiempo
    resbala entre tus dedos
    escapándose
    para no ver más.

    Cuánto no sé...

    Todo igual.
    Tú.
    Enferma
    sin luz.
    Muerta
    sin muerte.

    Versos cortos
    bebiendo de mi,
    juntos.

    Lejos
    su vida huye
    de la soledad
    que la abriga
    cada día.

    No es nada.

    Nada es nada.
    Ni tú ni yo.

    Ni siquiera,
    ella.

    Versos cortos,
    que se marchitan
    en el gris de tu mirada.

    Ella que es tanto
    fruto de amor
    también de odio.

    Da vueltas en mi cabeza.
    No sé que pasa.
    Me giro
    y descubro.

    Creer
    empequeñeciendo
    tu vida.

    No creer
    engrandeciendo
    mi dolor.

    Versos cortos,
    a flor de piel.

    01.06.05

  • Eres tú

    Y caerme en otro mundo
    relamiendo los segundos
    buscando la belleza
    del viejo horizonte.

    Estás entre las palabras,
    entre la niebla.

    Y escribo.
    Te describo sobre un papel
    dibujando finas líneas
    bailando
    sobre las sombras
    de tu cabello.

    Estás entre mis versos,
    escondido.

    Entre la lluvia derramada
    en cientas de noches.

    ¿Te acuerdas?
    Te tenía tan cerca
    Quizás tan lejos.

    Amaba a tu voz
    y te veía detrás de ella.

    Sigues entre las palabras
    de mis pensamientos.

    Sigues entre la lluvia
    acurrucado junto a mi,
    mojándonos,
    imaginándonos juntos.

    Te describo de nuevo,
    has vuelto
    con el perdón
    deshaciéndose en tus manos.

    Eres la vida que intenta huir
    y gritar
    para desaparecer.

    Gritar
    y luego volver a gritar
    para caer en mis brazos.

    Te tenía oculto
    lejos de mi
    para no descubrirte,
    para no tener que matar al recuerdo
    de nuevo.

    Eres la vida que pide libertad;
    lejos de mi.

    Eres la vida que se mancha,
    de oscuridad y orgullo
    de miedo y soledad.

    Eres mi vida en tu vida.

    Eres todo.

    Eres tú.

    01.06.05

  • Roto silencio

    Una voz,
    el profundo silencio.

    Un nudo en mi garganta,
    y mientras tú,
    hablándome de tantas cosas,
    melancolía y sueños;
    Belleza,
    y poesía.

    Poesía que nacía en tus labios
    y se derramaba sobre el silencio.

    Poesía que cortaba nuestra extrañeza
    al oír nuestras voces,
    al sentir con las palabras.

    Tu voz,
    derrotando
    al silencioso silencio.

    "Sólo escribo por gusto"
    te repetía a ti, insaciable voz.

    No soy nadie,
    pensamientos contradictorios
    me agotaban y pesaban en mi.

    Y por fin
    llegó mi voz,
    matando al precioso silencio.

    22.05.06

    Dedicado a Leo Zelada.
    Pero, sobre todo, a esa inesperada llamada de teléfono...
    Un saludo.

  • Caminando sobre su vida

    Ella caminaba sobre la estrecha y larga línea de su vida.
    A un lado.
    Él.
    Al otro lado.
    El mundo sin él.
    Caminaba despacio y él la seguía.
    El viento soplaba fuerte, su pelo se revolvía .
    Ella cerraba los ojos,
    y sus ojos no podían más que sentir y derramar lágrimas.
    Ya quedaba menos.
    Al final;
    el horizonte, granate y roto.
    Debajo de sus pies;
    el precipicio;
    la muerte, negra y cortante.

    De repente, una voz desafió al silencio de la noche.

    Era él.

    ¡Espera!
    Sigo necesitando tu mirada.

    No ves que me hundo,
    que no hay salida.

    Una fría ráfaga de viento y lluvia azotó su cara y desvaneció a su mirada.

    Dudaba y el silencio se apoderaba otra vez de sus almas.

    Y otra vez él.

    ¡Eres tú!
    ¡Deja de jugar conmigo!
    ¡Deja de amarme!

    ¿Ahora qué?
    ¿Tendré que esperar a que recojas mis pedazos?
    ¿O seré yo el que recoja lo poco que quede de tu vida?

    Ella miraba perdida en otra vida. Y él seguía rajando sus lágrimas para que cortasen más al caer sobre su fino cabello, el de ella.

    ¡No! ¡Tengo que hacerlo!
    No puedes seguir recorriendo mi cuerpo como cada día y hacerme sentir único.
    No puedes susurrarme al oído tus sentimientos y después abandonarme en una esquina.
    No puedes querer que te quiera cuando me doy la vuelta y regalas tus besos.

    ¡No puedes matarme así!
    ¡Prefiero que desaparezcas!

    Ella se acercó, y le besó profundamente.
    ¿Podría aquello borrar el dolor?
    Ella pensó que sí.

    Después, separó sus finos labios y le pidió perdón, una vez más.

    Él permanecía inmóvil.
    Observando la vida de ella,
    que se reflejaba a su alrededor
    Esa vida,
    era tan oscura y tibia.
    La sentía tan lejos de él...

    Tan lejos
    que no podía envolver las mentiras
    para convertirlas en verdad.

    Tan lejos
    que no podía creer sus palabras.
    Ni besarla
    y mucho menos, amarla.

    Y miró a un lado y a otro, y en medio, ella.
    Intentaba olvidar su silueta, pero era algo imborrable en él.
    Ella estaba sentada, mirando al precipicio, burlándose de su propia vida.
    Una lágrima calló sobre su pálida mejilla y notó como una pequeña mano le agarraba.
    Ella se giró.
    Era él.
    Lloraba con los ojos cerrados.
    Sus manos se abrazaban tan fuertemente que ahogaban al aire.
    Y el tiempo se hacia tan lento y pesado.
    Él se sentó junto a ella.
    En ese momento, los dos sentían lo que iba a pasar.
    Querían olvidarse, pero no podían.
    Querían amarse, pero no podían.
    ¿Permanecerían separados amándose e intentando olvidarse?
    ¡No! Sería mejor hundirse los dos en su amor y no volver a mirar al horizonte.
    No podían vivir el uno sin el otro.
    No aguantarían luchando por sobrevivir en un mundo no deseado.
    ¡Sí! Ellos preferían ahogarse juntos, en la eternidad.
    Se miraron.
    Y al mismo tiempo, se susurraron al oído:
    -Te amo.
    Y saltaron al vacío.
    Saltaron hacia la muerte.

    30.04.06

  • Tiempo

    Tiempo
    que pasa y se pierde.

    Tiempo que se envuelve
    y suspira.

    Tiempo manchado de tiempo.

    Lejano y cercano.
    Muerto y vivo.

    Tiempo que se nos cae encima
    y nos araña
    Tiempo que duele
    y sigue en ti; en mi.

    Tiempo manchado de tiempo.

    Seco y cálido.
    Frío y húmedo.

    Tiempo sordo
    y agrietado.

    Tiempo
    que pasa y no vuelve.

    22.04.06

  • En el borde de tu corazón (29.03.06)

    Estoy sentada en el borde de tu corazón.
    Esperando resbalar como una gota de cera
    Esa gota que cae poco a poco y te quema
    Dejando huella, ahondándose en ti.

    Mis piernas se agitan de un lado a otro
    Pero creo que no llamo tu atención.

    El borde se hace cada vez más estrecho
    Y siento que tu mirada se pierde lejos de la mía
    Siento que no te siento.

    Algo me empuja.
    Para caer al vacío
    Para llegar al olvido

    Y llorar
    Como siempre.

    Las veces que pensé en levantarme
    y llegar al fondo de tu corazón...

    Pensé y permanecí en el borde
    Incitando a que me devorase tu olvido
    Para no hacerse daño, para protegerse de mi.

    Lo que te quiero.
    Y las pocas veces que me atreví a decírtelo

    Miré atrás.
    Estabas tras de mi.
    Tu mente me rechazaba.
    Era un mecanismo de defensa

    Ahora vuelvo a mirar.
    Lejos de ti.
    He caído
    Me arropa la piel del olvido.

    29.03.06

  • Ellos por ti (29.03.06)

    El viento se endurecía.
    Ya no era aquel suave murmullo.
    Ahora era fuerte y doloroso,
    era como si golpease y arañase tu cerebro.

    Y tú no supieras reaccionar.
    Te perdieses
    Y tu cabeza se ahogara para besar a la muerte.

    Tu familia.
    Ellos, junto a ti.
    Ellos, sin ti.

    Y cada vez más rápido.
    Cada vez más fuerte.

    Se acercaba.
    Con cuidado.

    Y ellos querían cogerte en sus brazos
    para que no te volvieses a perder
    para que tus ojos se perdieran en el amanecer
    de un nuevo día, de una nueva vida.

    29.03.06

    Dedicado a Jose y a su familia, que le quiere con locura.
    Un saludo también a toda esa gente con algún problema cerebral.
    Espero que todo salga bien.
    Ánimo.
    Un beso.

  • Con ella (24.03.06)

    Mi pequeño y largo dedo índice recorría ahora su cara, daba vueltas por su encrespada piel y se hundía en su cuerpo.
    La tocaba.
    ¡Sí!
    Ella estaba allí.
    Sus suspiros morían con la llegada de la noche.
    Y yo seguía con ella.
    Acariciaba ahora su espalda, su suave y clara espalda.
    Y mis dedos se perdían en ella.
    Y sus labios se perdían en mi.
    Pero seguía.
    Mis manos se arrastraban con suavidad y se detenían cuando su respiración se hacía más fuerte
    recalcando en ella mi deseo.
    Ahora, mi lengua.
    Era la que humedecía y besaba su cuerpo, poco a poco.
    Me detenía.
    La miraba.

    Preciosos aquellos ojos que intentaban apoderarse de mi cabeza clavándose en mi mente una y otra vez.

    Observaba.

    Un lunar brotaba de su labio y me invitaba a besarla.

    Un lunar.

    Su mirada.

    Su cabello.

    Me sumergía en otro mundo.
    Con ella.

    24.03.06

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